Otro día más salgo de mi casa con el relente de la mañana dándome en el cuello. Ania me espera en el parque, como siempre, para irnos juntas a la parada del autobús del instituto. Hoy tiene la cabeza gacha, la voz ronca de haber llorado. Deduzco que tuvo una pelea con sus padres. Al preguntarle por el suceso me responde:
- Soy la decepción de mi familia. Todos son médicos, enfermeros o matemáticos y tienen carreras y títulos universitarios. Y yo ni siquiera soy capaz de sacar 2º de bachiller.
- Sé que puedes. A todos nos está costando trabajo. Lo único que pasa es que somos vagos, pero, ¿quién no lo es a esta edad? ¡No te rayes! – La intenté consolar.
Cuando llevamos un largo rato en el autobús, Ania me dijo convencida que se quería ir de su casa. Que estaba harta. Cogería todos sus ahorros, se iría y nadie sabría donde estaría.